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SACRISTAN PAPAL: FUNCIONES




Las tareas diarias del padre agustino Pavol Benedik le ponen en contacto con algunos de los más preciosos tesoros de la Iglesia: la capilla Sixtina forma parte de su rutina diaria, así como los ricos ornamentos y los cálices de piedras preciosas usados en honor a Nuestro Señor a lo largo de la historia. 


El sacerdote eslovaco es el sacristán papal desde 2006, tarea que le pone en contacto frecuente con los tesoros vivos de la Iglesia, como el Sucesor de Pedro y otros hombres eclesiásticos importantes.

EL ALTAR HACIA EL PUEBLO: UNA ADECUACIÓN VISTOSA DE LA QUE SE ABUSÓ


Mons. Bux: “Sobre la adecuación litúrgica ha habido malas interpretaciones”

por La Buhardilla de Jerónimo 
Presentamos una entrevista que Mons. Nicola Bux ha concedido a un periódico de Reggio Emilia, ciudad donde participará en el encuentro titulado “Liturgia romana y arte sacro entre innovación y tradición”.
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Don Bux, ¿qué es la adecuación litúrgica?

Es una expresión acuñada en los años posteriores al Concilio Vaticano II para indicar los trabajos considerados necesarios para que las antiguas iglesias pudiesen ser más idóneas a las celebraciones según la forma renovada del rito Romano.

LOS SIGNOS EXTERNOS DE DEVOCIÓN DEL CELEBRANTE

Columna de teología litúrgica dirigida por Mauro Gagliardi
Por Nicola Bux*



ROMA, 10 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- La fe en la presencia del Señor, en especial la eucarística, la expresa el sacerdote ejemplarmente con la adoración que se muestra en la reverencia profunda de las genuflexiones durante la Santa Misa y fuera de ella. En la liturgia postconciliar se reducen al mínimo: la razón aducida es la sobriedad; el resultado es que se han convertido en raras, o incluso apenas se esbozan. Nos hemos hecho avaros en gestos hacia el Señor; pero elogiamos a judíos y musulmanes por su fervor en el modo de rezar.


La genuflexión manifiesta más que las palabras la humildad del sacerdote, que sabe que sólo es un ministro, y su dignidad por el poder de hacer presente al Señor en el sacramento. Pero hay otros signos de devoción. Las manos elevadas en alto por el sacerdote son para indicar la súplica del pobre y del humilde: “Te pedimos humildemente”, se subraya en las plegarias eucarísticas II y III del misal de Pablo VI. El Ordenamiento General del Misal Romano (OGMR) establece que el sacerdote, “cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y, en la forma de comportarse y de pronunciar las palabras divinas, debe hacer percibir a los fieles la presencia viva de Cristo” (n. 93). La humildad de la actitud y de la palabra es consonante con el propio Cristo, manso y humilde de corazón. Él debe crecer y yo disminuir.



¿CÓMO VIVÍAN LOS PRIMEROS CRISTIANOS LA CUARESMA?

¿CÓMO Y CUÁNDO EMPIEZA A VIVIRSE LA CUARESMA?


¿POR QUÉ 40 DÍAS? ¿POR QUÉ LA PENITENCIA Y EL AYUNO?
 

¿POR QUÉ LA IMPOSICIÓN DE LA CENIZA?



Habrá que esperar hasta el siglo IV para encontrar los primeros atisbos de una estructura orgánica de este tiempo litúrgico. A finales del siglo IV, Roma conocía ya la estructura cuaresmal de cuarenta días. La celebración de la Pascua del Señor, constituye, sin duda, la fiesta primordial del año litúrgico.

LA ADORACIÓN AD ORIENTEM

 

A continuación les ofrecemos un interesante artículo que trata sobre la orientación litúrgica ad Orientem y San Juan Damasceno y que ha sido tomado del blog Lex Orandi.

"LA ADORACIÓN HACIA ORIENTE" EN LA EXPOSITIO FIDEI DE SAN JUAN DAMASCENO

El Padre de la Iglesia San Juan Damasceno, "Chrisorhoas" (Torrente de oro), último teólogo de la antigua Iglesia griega, Padre que concluye la época patrística oriental y Doctor de la Iglesia desde 1890, se hace eco de una tradición que lo precede y que él dice que viene directamente de los Apóstoles: Orar hacia oriente: "esta tradición de los Apóstoles no está escrita, pues nos transmitieron muchas cosas sin ponerlas por escrito", luego procede de la Tradición, en este caso de la Tradición oral.

La obra principal de este autor es la Fuente del conocimiento, que es el nombre colectivo de la obra que incluye: Capitula philosophica, Liber de Haeresibus y Expositio Fidei; contamos con tres discursos en favor del culto a las imágenes: Contra imaginum calumniatores, con las homilías pronunciadas en Jerusalén en la Dormición de Nuestra Señora: De Dormitione, junto a algunas más en ocasión de: el Santo y Gran Sábado, la Transfiguración, la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo y la Natividad de Nuestra Señora. Otras obras dogmáticas: Contra jacobitas (monofisitas) y De duabus in Christi voluntatibus (monoteletas), de contenido polémico-filosófico; además de un comentario casi completo a las Cartas de Pablo existe también los Sacra Paralella: extensa colección de textos bíblico-patrísticos, que se dice que el Damasceno fue el compilador.

La dormición de la Theotokos




LA MADRE DE DIOS – LA TODA SANTA

La dormición de la Theotokos


Reflexiones mariológicas sobre vida, muerte y resurrección


por Su Santidad Bartolomé I  Patriarca ecuménico de Constantinopla


En el 60 aniversario de la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen María a la gloria del Paraíso en cuerpo y alma (1 de noviembre de 1950), le hemos pedido un comentario a Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla.
    
  El escrito que nos ha enviado es ocasión de gratitud por la fe que juntos profesamos y de súplica al Señor para que nos done la plena comunión

El alzacuellos y la corbata



Con ocasión del comunicado de los 144 teólogos alemanes me gustaría decir alguna cosa.

Algunos sacerdotes pueden preguntarse que para qué vestirse de sacerdotes, que qué sentido tiene eso. Y decidir que se vestirán como el resto de la gente.

Esos sacerdotes pueden preguntarse, ¿y por qué no nos vamos a poder casar? Casémonos como el resto de la población. Y se casarán.

DIEZ RAZONES PARA CELEBRAR LA SANTA MISA "AD ORIENTEM"


DIEZ RAZONES PARA CELEBRAR LA SANTA MISA "AD ORIENTEM"

Gracias a la traducción de La Buhardilla de Jerónimo, les ofrecemos a continuación el bellísimo testimonio del R. P. Mark Daniel Kirby que, cinco años después de haber celebrado por primera vez la Santa Misa Tradicional, comparte su experiencia y enumera diez ventajas de esta orientación. El Padre Kirby es el Prior del Monasterio benedictino de Nuestra Señora del Cenáculo en Tulsa, establecido por el obispo local, Mons. Slattery, con la misión de la Adoración Eucarística por la santificación de los sacerdotes.

Dando un paso
El día 17 de diciembre de 2010 señalará el quinto aniversario de mi posición ad orientem ante el altar para el Santo Sacrificio de la Misa. Comencé a ofrecer la Santa Misa exclusivamente ad orientem en el Monasterio de la Cruz Gloriosa, donde trabajé por varios años como capellán. Preparé el cambio en Adviento de 2005 con una catequesis pastoral y mistagógica apropiada.
Luego vino Summorum Pontificum
Después del 14 de septiembre de 2007, Summorum Pontificum facilitó bastante la celebración del rito tradicional de la Santa Misa y, desde que asumí mi misión en Tulsa, he ofrecido la Forma Extraordinaria diariamente, no teniendo ningún deseo y no viendo ninguna necesidad, en el contexto de la vida monástica contemplativa, de celebrar en la Forma Ordinaria.
No es un retroceso
Dicho esto, después de cinco años ofreciendo la Santa Misa ad orientem, puedo decir que yo no quiero tener que volver a la posiciónversus populum. Cuando viajo, sin embargo, algunas veces estoy obligado a celebrar versus populum, especialmente en Irlanda, Francia e Italia; esto me deja con un sentimiento de inadecuación extrema. Sufro de lo que puedo describir como una falta de pudor sagrado, o modestia frente a los Santos Misterios. Cuando me veo obligado a celebrar versus populum, siento visceralmente, por así decir, que hay algo muy errado – teológica, espiritual y antropológicamente – con el ofrecimiento del Santo Sacrificio en dirección a la asamblea.
Diez ventajas
¿Cuáles son las ventajas de la posición ad orientem en el altar, habiéndolo experimentado a lo largo de los dos últimos años? Puedo pensar de inmediato en diez:
1. El Santo Sacrificio de la Misa se vive como teniendo una dirección y enfoque teocéntrico.
2. Los fieles son salvados del tedioso clerocentrismo que ha alcanzado a la celebración de la Santa Misa en los últimos cuarenta años.
3. Volvió a ser evidente que el Canon de la Misa (Prex Eucharistica) está dirigido al Padre, por el sacerdote, en el nombre de todos.
4. El carácter sacrificial de la Misa es expresado y afirmado maravillosamente.
5. Casi imperceptiblemente se descubre el acierto de rezar silenciosamente en determinados momentos, de recitar determinadas partes de la Misa suavemente y de cantar otras.
6. Permite al sacerdote celebrante tener el beneficio de una santa modestia.
7. Me encuentro cada vez más identificado con Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote y Hostia perpetua, en la liturgia del santuario celestial, más allá del velo, frente al rostro del Padre.
8. Durante el Canon de la Misa, soy bendecido con un profundo recogimiento.
9. Las personas se han vuelto más reverentes en su comportamiento.
10. Toda la celebración de la Santa Misa ha ganado en reverencia, atención y devoción.

«La liturgia es el asomarse del cielo sobre la tierra»

MONS. GUIDO MARINI HABLA DEL «MAGISTERIO LITÚRGICO» DEL PAPA

«La liturgia es el asomarse del cielo sobre la tierra»

En una entrevista realizada por Giovanni Tridente y publicada en la Revista Palabra, Monseñor Guido Marini habló sobre diversos temas relacionados con la liturgia, algunos bastante polémicos, como los cambios en las celebraciones pontificias desde que es Papa Benedicto XVI, la orientación del sacerdote y del pueblo en la Misa, el uso de ornamentos litúrgicos antiguos, la belleza en la liturgia, el minimalismo, la importancia del silencio o del latín y la comunión de rodillas y en la boca. «En el tiempo de la nueva evangelización se requiere también un particular esfuerzo para una renovada formación litúrgica», dice Mons. Marini.

09/01/11 9:30 AM |

(Bruno Moreno/InfoCatólica) El actual Maestro de las Celebraciones Litúrgicas pontificias, Monseñor Guido Marini, respondió en una reciente entrevista a las preguntas del periodista Giovanni Tridente sobre la liturgia, uno de los temas de fondo del pontificado de Benedicto XVI. Monseñor Marini explicó que la liturgia “es como el asomarse del cielo sobre la tierra, de modo que la tierra, el mundo de los hombres, es tocado en cierta manera por el cielo, el mundo de Dios, que es Verdad y es Amor”. En ese sentido, “en el tiempo de la nueva evangelización se requiere también un particular esfuerzo para una renovada formación litúrgica”.
Las celebraciones que organiza tienen una importancia añadida, que reside en que la liturgia papal es “un ejemplo para la liturgia de toda la Iglesia, verdadero magisterio litúrgico ofrecido a todos”. Por eso, debe ser siempre la fiel expresión del pensamiento litúrgico del Papa. Para Mons. Marini, “el criterio que se intenta seguir es el de la belleza, porque la liturgia está llamada a expresar, también en el lenguaje humano de los signos, la belleza del misterio de Dios que es Amor”. En ese sentido, hay que tener cuidado con ciertas tendencias modernas a obviar la belleza y el simbolismo propios de la liturgia: “El minimalismo no es el lenguaje apropiado en el arte litúrgico. Como nos han enseñado también los santos, para el culto de Dios hay que reservar lo mejor. De aquí es de donde nace, entre otras cosas, la verdadera caridad y el amor hacia los hermanos”.

El periodista le preguntó también sobre los evidentes cambios en las celebraciones pontificias desde que Monseñor Guido Marini asumió el papel de Maestro de las Celebraciones Pontificias en 2007, en sustitución de Piero Marini, que ocupó este cargo durante el pontificado de Juan Pablo II. De hecho, existe un gran contraste entre ambos monseñores, uno de los cuales fue secretario de Annibale Bugnini, el gran promotor de la reforma litúrgica postconciliar, mientras que el otro es discípulo del Cardenal Siri, mucho más tradicionalista. Monseñor Guido Marini explicó que los cambios en la liturgia papal se deben, en esencia, a la voluntad del propio Papa, ya que él simplemente se propuso “ser en lo posible un servidor fiel del Santo Padre y de su vida litúrgica, esforzándome por colaborar para que la liturgia papal fuese lo más posible expresión de sus orientaciones y de sus indicaciones”. Un ejemplo de estos cambios es la sustitución del báculo-crucifijo papal introducido por Pablo VI por la férula o cruz pastoral, más adecuada a la tradición papal de siglos anteriores. Este hecho, además del uso de vestiduras litúrgicas antiguas, constituyen una “señal de continuidad con la historia que nos precede, un aprecio por los tesoros de familia, que son patrimonio litúrgico de la Iglesia de ayer y de hoy”.

En cuanto al cambio producido en la orientación del sacerdote al celebrar la Misa después del Concilio Vaticano II, Monseñor Marini subrayó que “en realidad, la única orientación auténtica de la celebración litúrgica es hacia Dios. Otra cuestión es la que atañe a cómo esta orientación, concretamente, encuentra realización en la disposición del edificio-iglesia, del altar, del crucifijo”. Como signo de esa orientación de todos hacia Dios, en las Misas papales se coloca el crucifijo en el centro del altar, ya que, como señaló el propio Benedicto XVI, “la idea de que sacerdote y pueblo deberían mirarse recíprocamente en la oración ha nacido sólo en la cristiandad moderna, y es completamente extraña a la antigua”.  La oración debe realizarse mirando todos en la misma dirección, o “hacia Oriente como símbolo cósmico por el Señor que viene” o hacia “la cruz en el centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos sacerdote y fieles”.

También se mencionó en la entrevista la importancia del silencio en la liturgia, que “es sagrado porque nos permite dejar que resuene en las profundidades del corazón la extraordinaria experiencia del encuentro sacramental y de amor con el Verbo de Dios”. Por otra parte, la costumbre del Papa de pedir a que en sus celebraciones se reciba la comunión de rodillas y en la boca busca “llamar la atención hacia la presencia real”, de manera que pueda “verse con claridad que allí hay algo especial”. Finalmente, en cuanto al empleo del latín, Monseñor Marini subrayó su “capacidad de dar expresión a aquella universalidad y catolicidad de la Iglesia a la que verdaderamente no es lícito renunciar”.

En Africa celebran con la forma extraordinaria

África y la forma extraordinaria

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Presentamos esta noticia sobre la óptima aplicación de Summorum Pontificum y, más en general, de la visión litúrgica de Benedicto XVI, en una diócesis de Benín, país que será visitado por el Papa en noviembre del próximo año.
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El obispo Pascal N’Koué (51 años) de Natitingou, en Benín, ha celebrado la Misa antigua desde octubre de 2003 en su diócesis. Así puede leerse en su informe con ocasión del tercer aniversario del histórico Motu Proprio Summorum Pontificum.

Mons. N’Koué estudió en la Academia Diplomática Vaticana en Roma, a principios de los años noventa. Finalmente, fue activo como secretario de la Nunciatura en Panamá hasta su nombramiento como obispo diocesano. La ciudad de Natitingou, de 76000 habitantes, está ubicada en Benín noroccidental – no lejos de la frontera con Togo.

El Papa ha pedido a todos los obispos del mundo que realizasen un informe acerca de la Liturgia antigua en todas las diócesis. El autor del informe de la diócesis de Natitingou es el P. Denis Le Pivain, originario de Francia. Pertenece a la Sociedad Sacerdotal bi-ritual Totus Tuus. El informe fue publicado en el semanario de la diócesis de Natitingou.


Los enemigos de la Misa antigua tienen corazones envenenados

El informe explica que el antiguo Rito y la nueva Misa pueden existir juntos pacíficamente, y enriquecer el uno al otro. Los conflictos son generados por corazones enfermos y envenenados y por ideologías estrechas de mente. No hubo ningún inconveniente con ocasión del Motu Proprio en la diócesis de Natitingou.

El antiguo Rito mueve a los fieles por sí mismo

El informe explica que la Misa antigua es una oportunidad, especialmente para el clero joven de la diócesis.

El rito tradicional permite al sacerdote apreciar mejor el altar, el silencio sagrado, el misterio, las señales de la Cruz y las genuflexiones. El sacerdote también comprende mejor la celebración de cara a Dios, que el celebrante y los fieles miran juntos a la Cruz.

La Misa antigua permite una mejor comprensión de la nueva forma de celebrar la Eucaristía [Novus Ordo]. Muchos sacerdotes han comenzado a aprender la Misa antigua, sin ninguna presión por parte del obispo.

Allí donde las rúbricas de la Misa son interiorizadas, la Liturgia misma toca a los fieles con su belleza y profundidad. Entonces, ya no es necesario luchar para alcanzar el sentido del misterio, de lo santo, del culto, de la Majestad de Dios, o la participación activa en la Liturgia.

El antiguo Rito se corresponde con la mentalidad africana

El Canon Romano y los gestos litúrgicos en el Rito antiguo son más cercanos a la religiosidad y al sentir africanos – dice el informe.

“Es mi deseo que un día todos los sacerdotes sean capaces de celebrar en ambas formas”, explica el obispo. 
Cita algunos ejemplos para el enriquecimiento del Novus Ordo. Por ejemplo, en Adiento y en Cuaresma, el sacerdote podría celebrar de cara al Señor. Esto vuelve la atención sobre el Misterio de la Cruz. El celebrante y el coro desaparecen ante la consideración de Dios. Mons. N’Koué explica que no está mandado en las rúbricas que desde el ofertorio se celebre de cara a los fieles.

También desea más latín en la Misa, y querría evitar instrumentos y música profanos. En su lugar, debería haber cantos gregorianos.

El obispo ha pedido a los sacerdotes que usen el Canon Romano los domingos y los días festivos. Esto facilitará su inculcación. Antes de dar la Comunión, el celebrante debe hacer la señal de la Cruz con la sagrada Hostia.
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Murió la Virgen María?

¿Murió la Virgen María?

 
  
  


 

¿Murió la Virgen María?

La Virgen murió a causa del ardoroso amor de Dios y del vehemente deseo y contemplación intensísima de las cosas celestiales
Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. | Fuente: El Teólogo Responde

Reverendo Padre: la duda que tengo es acerca de la muerte de la Virgen María: ¿fue sólo una dormición?, ¿qué dice la doctrina de la Iglesia? Espero su respuesta. Gracias.


Para responder a su pregunta hay que distinguir entre “muerte” y “corrupción en el sepulcro”. La muerte es la separación del cuerpo y del alma; en cambio la corrupción del sepulcro es la resolución del cuerpo en polvo. Cristo murió, pero no conoció la corrupción del sepulcro, cumpliéndose lo del Salmo 15,10: “No permitirás que tu Santo vea la corrupción”.

¿Murió la Virgen? El primero que parece dudar de esto fue San Epifanio, aunque, como él mismo dice, no se atreve a decir ni que sí ni que no. Ya en el siglo IV existía la tradición según la cual la Virgen no murió sino que subió a los cielos sin morir. Esta tradición ha tenido seguidores en diversos momentos de la historia eclesiástica.

Sin embargo, según G. Alastruey (“Tratado de la Virgen Santísima”, BAC, Madrid 1945, pp. 405 y siguientes), para sólo citar uno de los más relevantes mariólogos, la verdadera doctrina (que debe tenerse “como teológicamente ciertísima”) es que la Virgen María murió verdaderamente.

Esta es la sentencia más firme y que tiene el aval de una segura tradición tanto latina como griega, incluso con autores ortodoxos (San Agustín, San Juan Damasceno, San Andrés de Creta, San Juan de Tesalónica, Nicolás Cabasilas, etc.). En cuanto a San Epifanio, hay que tener en cuenta que no niega la muerte sino que solamente afirma que sobre esto nada dice la Escritura.

Lo mismo dice la tradición litúrgica. En el “Misal Romano” se leía en la Misa de la Asunción: “ya que la Madre de Dios salió de este mundo conforme a la condición de la carne mortal”. En el Misal actual no se menciona la muerte sino sólo la inmunidad de la corrupción en el sepulcro.

La palabra “dormición”, que se usa principalmente en la Iglesia griega no debe llevarnos a confusión pues significa la muerte de la Virgen María.


Las razones teológicas que se dan al respecto son:

1) Convenía que María, para conformarse con su Hijo, padeciera la muerte, y así por la muerte pasara a la gloria, a fin de que no pareciera de mejor condición la Madre que el Hijo.

2) La verdad de la Encarnación se corrobora más por la muerte de María; pues si convenía que Cristo muriera para confirmar la fe de la Encarnación, y así no se dudara de que era hombre verdadero, igualmente convenía que muriera su madre, para que no se pensase que había nacido de mujer inmortal.

3) Además la Virgen fue constituida por Dios cooperadora en la obra de la Redención humana. Mas porque la obra de la redención del género humano se llevó a cabo por la muerte de Cristo, así convenía que la Virgen se asociara a su muerte.

4) Como dice San Pedro Canisio: para consuelo nuestro cuando nos toque el duro trance de la nuestra muerte.


¿De qué género de muerte murió la Virgen Santísima? La Virgen no murió ni por martirio ni por muerte violenta; tampoco de enfermedad o vejez. Los teólogos afirman comúnmente que la Virgen murió a causa del ardoroso amor de Dios y del vehemente deseo y contemplación intensísima de las cosas celestiales. Así sostuvieron San Jerónimo, el abad Guerrico, San Alberto Magno, Dionisio el Cartujano, Santo Tomás de Villanueva, Bossuet, etc.


En cambio, la Virgen María no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro. Esto es tradición unánime de la Iglesia. San Andrés de Creta dice: “Como no se corrompió el útero de la que dio a luz, así ni la carne de la que murió... El parto eludió la corrupción, y el sepulcro no admitió la extrema corrupción de la muerte”. Y Santo Tomás de Villanueva: “No es justo que sufra corrupción aquel cuerpo que no estuvo sujeto a ninguna concupiscencia”.

La Liturgia necesita una Paciente Restauración





Monseñor Nicola Bux, usted es profesor de teología sacramental y es también considerado uno de los expertos de liturgia más cercanos al Papa, ¿un signo de que no se puede hablar de liturgia sin doctrina?

Como se sabe, la liturgia pertenece al dogma de la Iglesia. Todos saben que de la fe de la Iglesia se llega a la liturgia, y de la oración nos remontamos al dogma. Todos conocen el adagio lex orandi, lex credendi. A partir del modo de orar se comprende en qué creemos, pero es también del modo de creer de donde deriva el modo de orar. Es lo que ha sido retomado y sabiamente desarrollado por la encíclica Mediator Dei del venerable Siervo de Dios Pío XII.

Ahora, incluso los más tenaces partidarios de una “revolución permanente” en la liturgia, parecen ceder frente a las sabias argumentaciones del Papa, de las cuales hay un eco clarísimo en su libro. ¿Estamos frente a una nueva (o antigua, si se prefiere) visión de la liturgia?

La liturgia es, esencialmente, de institución divina, se basa en partes inmutables queridas por su Divino Fundador. Precisamente en razón de este fundamento, se puede afirmar que la liturgia es de “derecho divino”. Los orientales, no por casualidad, usan el término “Divina liturgia” ya que ésta es obra de Dios,“opus Dei”, dice san Benito. La liturgia no es algo humano. En el documento conciliar sobre la liturgia, en el n. 22 § 3, se dice claramente que nadie, aunque sea sacerdote, puede añadir, quitar o cambiar alguna cosa en la liturgia. ¿El motivo? La liturgia pertenece al Señor.

Durante la Cuaresma, hemos leído los pasajes del Deuteronomio en los cuales Dios mismo establece incluso el mobiliario para el culto; en el Nuevo Testamento, es Jesús mismo que dice a los discípulos donde preparar la cena. Dios tiene el derecho de ser adorado como Él quiere y no como queremos nosotros. De lo contrario, caemos en un culto “idolátrico”, en el sentido propio del término griego, es decir, un culto hecho a nuestra imagen. Cuando la liturgia refleja los gustos y las tendencias creativas del sacerdote o de un grupo de laicos, se hace “idolátrica”. El culto católico es en espíritu y en verdad porque está dirigido al Padre, en el Espíritu Santo, pero debe pasar por Jesucristo, debe pasar por la Verdad. Por eso, es necesario redescubrir que Dios tiene el derecho de ser adorado como Él ha establecido.

Las formas rituales no son algo para “interpretar”, ya que ellas son el resultado de la fe pensada y convertida, en cierto sentido, en cultura de la Iglesia. La Iglesia se ha preocupado siempre de que los ritos no fueran el producto de gustos subjetivos sino la expresión de la Iglesia entera, es decir, “católica”. La liturgia es católica, universal. Por lo tanto, incluso con ocasión de una celebración particular o en un lugar particular, no se puede pensar en celebrar en contraste con la fisonomía “católica” de la liturgia.

Lamentablemente, estamos frente a una actitud del clero que, aún sin negar abiertamente la eficacia de los sacramentos, descuida frecuentemente el aspecto así llamado del “ex opere operato” del sacramento, que, de ese modo, queda reducido casi a un simple “símbolo”. ¿La causa está, tal vez, en la pérdida de la “ritualidad” tradicional?

La causa de esto es, en primer lugar, el olvidar que el culto se hace a un Dios presente, a un Dios operante, y no a un Dios imaginario; que se hace al Señor Jesús. El n. 7 de Sacrosanctum Concilium nos explica también los modos de esta presencia. Ese punto está tomado casi por completo de la Mediator Dei (con el añadido de la presencia en la Palabra). Allí se explica claramente que la liturgia tiene su razón de ser en que Dios está presente; de lo contrario, se convierte en autorreferencial, se vuelve vacía.
El olvido, la infravaloración, de la presencia del Señor, principalmente en la Eucaristía, donde está presente verdadera, real y sustancialmente, es causa del descuido del que usted habla. Con este descuido se llega a definir la liturgia como conjunto de símbolos, signos, como hoy se oye decir; en este contexto, “signo” es entendido sólo como “lo que refiere a otra cosa”, no está la idea de que el signo es todo uno con aquello que significa. Aquí se entra en el sacramento. Cuando este aspecto se pierde, los sacramentos son reducidos a simples símbolos, no se habla más de “eficacia”, de los efectos que producen; no es más el Señor que “hace”, que “obra”, por medio de los sacramentos. 

Este es el significado de la expresión clásica“ex opere operato”, un poco extraña, pero que significa la operatividad del sacramento a partir de Aquel que en él obra.    Daré el ejemplo de un medicamento: en la apariencia, ves una ampolla o una pastilla o un líquido, pero no son sólo el símbolo de la curación que quieren aportar ya que, si los tomamos, nos curan y nos sanan, es decir, se ven sus efectos. El autor de este efecto es el Señor presente y operante en el rito sacramental. San León Magno, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, dice que después de la Ascensión, todo lo que del Señor era visible en la tierra, ha pasado a los sacramentos. Así, hoy para nosotros el Señor continúa estando presente y visible. En este sentido debemos comprender a Santo Tomás cuando habla de “materia” del sacramento. Si no volvemos a este tipo de expresión realista, no entendemos los sacramentos.

La presencia divina no es sólo algo para intuir “simbólicamente” sino que es algo que toca al hombre por medio del sacramento, es algo que actúa. Yo mismo puedo dar testimonio, y conmigo muchos sacerdotes, de la curación de los enfermos después de la unción, pero también de la curación del alma después de la confesión o gracias a la frecuencia de la Eucaristía. Los sacramentos tienen efectos, tienen consecuencias en razón de la causa. Son las consecuencias de la presencia divina, que es lo que obra en la divina liturgia. Ha dicho el Papa a los párrocos de Roma que el Sacramento es introducir nuestro ser en el ser de Cristo, en el ser divino.

Más allá de ciertos utopistas que, con escaso sentido pastoral, quisieran una restauración de todo e inmediatamente, debemos preguntarnos cómo se puede actuar, suave pero firmemente, para mejorar con gradualidad ciertos aspectos de la liturgia. ¿Cómo actuar en este proceso tan necesario como largo? ¿Cómo adaptarse a la realidad sin compromisos?

Es necesario tener en cuenta el momento histórico que vivimos, en el que se registra una crisis general de la autoridad, sea del padre, del Estado, de la Iglesia (y en la Iglesia); como decíamos, se corre el riesgo de terminar en una concepción “hecha por ti”. Actualmente nos encontramos en una generalizada anomia (ausencia de ley), si bien todos recurren a la ley cuando son conculcados los propios derechos.   De los derechos de Dios, en cambio, nos olvidamos siempre. ¿Cómo se puede pedir la observancia de las normas litúrgicas si antes no se explica qué es el “ius divinum” de la liturgia? Hoy ya nadie lo sabe. En primer lugar, es necesario hacer entender el sentido de las normas. Es un poco como en moral, la determinación de una ley se funda primero en la comprensión de sus principios, y se sabe que, cuando se habla de liturgia y de sacramentos, hay implicaciones morales. Primero, decía, es necesario entender que el sentido de las normas deriva de la convicción de que la “primera norma” es adorar a Dios – Adorarás al Señor, tu Dios, y no tendrás otro Dios fuera de Mí -, no se puede hacer un culto a imagen propia, de lo contrario, se deforma a Dios. Hoy no sólo nos imaginamos un dios y luego inventamos el culto a él, sino que incluso imaginamos un culto sobre el cual nos inventamos el dios. La idolatría significa una “idea distorsionada de Dios”. Esta es la realidad que nos circunda.

El Papa Benedicto XVI, en la carta a los Obispos en la cual explica el sentido del levantamiento de las excomuniones a los Obispos consagrados por Mons. Lefebvre, quería hacer entender a quien le reprochaba el ocuparse de problemas secundarios como los relativos a la liturgia, que en un momento en que el sentido de la fe y de lo sagrado se está extinguiendo por todos lados, es necesario que precisamente en la liturgia se halle la forma privilegiada de encontrar a Dios. La liturgia es y sigue siendo el lugar más idóneo para encontrar a Dios y por eso el Papa, ocupándose de ella, no está tratando problemas secundarios sino cuestiones primarias. Si la liturgia habla de cosas mundanas, ¿cómo se hace para ayudar al hombre?. A los utopistas, hay que recordarles que se requiere lo que Benedicto XVI llama “la paciencia del Amor”.

El ofertorio antiguo hablaba al hombre de Dios con la elocuencia de expresiones profundas sobre el valor sacrificial, sobre la naturaleza de la Misa como sacrificio ofrecido a Dios. ¿Se podría pensar en una corrección, en este sentido, del nuevo rito?

Es importante que sea conocida la Misa antigua, llamada también tridentina pero que es más oportuno llamar “de San Gregorio Magno”, como ha dicho recientemente Martin Mosebach. Ésta ha tomado forma ya bajo el Papa Dámaso y luego bajo Gregorio, no con san Pío V, el cual trató de reordenar y codificar, teniendo en cuenta los enriquecimientos de los siglos precedentes y dejando lo obsoleto. Con esta premisa debe ser conocida sobre todo esta Misa, de la que el ofertorio es parte integrante. Hay muchos trabajos de grandes estudiosos en este sentido y muchos se han preguntado sobre la oportunidad de reintroducción del antiguo ofertorio, al que usted se refiere.     

Sin embargo, sólo la Sede Apostólica tiene autoridad para obrar en este sentido. Es verdad que la lógica que ha seguido el reordenamiento de la liturgia después del Concilio Vaticano II ha llevado a simplificar el ofertorio porque se consideraba que hubiera más fórmulas de oraciones ofertoriales; de este modo, se introdujeron las dos fórmulas de bendición de sabor judío, permaneció la secreta convertida en oración “sobre las ofrendas” y el orate fratres, y se consideraron más que suficientes. A decir verdad, esta sencillez, vista como un retorno a la pureza antigua, entra en conflicto con la tradición litúrgica romana, con la bizantina y con otras liturgias orientales y occidentales. La estructura del ofertorio era vista por los grandes comentadores y teólogos de la Edad Media como la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que va a inmolarse en ofrenda sacrificial. 

Por eso, las ofrendas eran ya llamadas “santas”, y el ofertorio tenía un gran importancia. La sucesiva simplificación de la que he hablado ha hecho que hoy muchos pidan el retorno de las ricas y bellas oraciones del “suscipe sancte Pater” y del “suscipe Sancta Trinitas”, sólo por citar algunas. Pero será por medio de una más amplia difusión de la Misa antigua que este “contagio” del antiguo sobre el nuevo será posible. Por eso, reintroducir la Misa “clásica”, si se me permite la expresión, puede constituir un factor de gran enriquecimiento. Es necesario facilitar una celebración festiva regular de la Misa tradicional al menos en cada Catedral del mundo, pero también en cada parroquia: esto ayudará a los fieles a conocer el latín y a sentirse parte de la Iglesia Católica, y en la práctica los ayudará a participar en las Misas en las reuniones en santuarios internacionales. Al mismo tiempo, es necesario también evitar reintroducciones descontextualizadas; quiero decir que hay una ritualidad ligada a los significados expresados que no puede ser reintroducida simplemente insertando una oración, se trata de un trabajo más complejo.

La gestualidad y la orientación tienen ciertamente una gran importancia, lo que el fiel ve es reflejo de una realidad invisible. ¿La cruz en el centro del altar puede ser el modo para recordar qué es la Misa?

La cruz en el centro del altar es el modo para recordar qué es la Misa. No hablo de una cruz “mínima” sino de una cruz tal que pueda ser vista, la cruz debe ser de dimensiones proporcionadas al espacio eclesial. Ella debe volver al centro, debe estar en eje con el altar, debe poder ser vista por todos. Debe ser el punto en el que se crucen la mirada de los fieles y la mirada del sacerdote, dice Joseph Ratzinger en “Introducción al espíritu de la liturgia”. Debe estar en el centro, independientemente de la celebración, aún si ésta se desarrolla “hacia el pueblo”.

 Insisto en una cruz bien visible, de otro modo, ¿de qué sirve una imagen que no es adecuadamente útil? Las imágenes hacen referencia al prototipo. Todos sabemos que ha habido también una posición anicónica, por ejemplo, Epifanio de Salamina, como también los cistercienses, pero la iconodulía ha prevalecido luego con el Niceno II de 787, en base a lo que decía San Juan Damasceno: la imagen refiere al prototipo. Esto vale todavía más actualmente en la que se llama civilización de la imagen. En un momento en que la visión se ha convertido en instrumento privilegiado para nuestros contemporáneos, no se puede exponer lateralmente una pequeña cruz o un esbozo ilegible de ella, sino que es necesario que la cruz, con el Crucificado, sea bien visible sobre el altar, desde cualquier ángulo donde se lo mire.

Frente al redescubrimiento de las exigencias de las que nos ha hablado, hay, de todos modos, un difícil paso que es el de las decisiones prácticas. ¿Cómo moverse?

En mi humilde opinión, la prioridad es hacer comprender el sentido de lo divino. El hombre busca a Dios, busca lo sagrado y lo que es signo de ello; en la exigencia natural de dirigirse a Dios y de venerarlo, se busca el encuentro con Dios en las formas sagradas del rito. Cuando se pierde la verdadera sacralidad del culto cristiano, el hombre continúa yendo a tientas, pero de modo distorsionado, ya que se encuentra como desorientado. ¿Cómo puede entonces el hombre responder concretamente a esta exigencia? En primer lugar, debe poder encontrar en la Iglesia lo que es la definición por excelencia de lo sagrado: Jesús Eucarístico. 

El Tabernáculo debe volver al centro. Es cierto históricamente que, en las grandes basílicas o en las catedrales, el tabernáculo estaba en capillas laterales. Sabemos bien que con la reforma tridentina se prefirió poner en el centro el tabernáculo, también para contrastar los errores protestantes sobre la presencia verdadera, real y sustancial del Señor. Pero también es cierto que actualmente la mentalidad que nos circunda, no contesta sólo la presencia real sino que contesta la presencia de lo divino. En la religión, naturalmente el hombre busca el encuentro con lo divino, pero esta presencia de lo divino no puede ser reducida a algo puramente espiritual. Esta presencia debe ser “tocada” y esto no se hace con un libro, no se puede hablar de presencia de lo divino sólo en los términos relativos a la lectura de las Sagradas Escrituras. 

Ciertamente, cuando la Palabra de Dios es proclamada, se puede justamente hablar de presencia divina pero es una presencia espiritual, no es la presencia verdadera, real y sustancial de la Eucaristía. De aquí la importancia del retorno a la centralidad del tabernáculo y, con él, a la centralidad del Cuerpo de Cristo presente. El lugar central no puede ser la sede del celebrante, no es un hombre quien está al centro de nuestra fe sino que es Jesús en la Eucaristía. De lo contrario, se termina comparando la iglesia a un aula, a un tribunal de este mundo, en cuyo centro se sienta un hombre.

El sacerdote es ministro, no puede estar en el centro. En el centro está Cristo-Eucaristía, está el tabernáculo, está la cruz. De allí se debe recomenzar. De lo contrario, se pierde el sentido de lo divino. El tabernáculo es lo que debe atraer como centro en una iglesia.

El Cardenal Castrillón, en la homilía del 24 de septiembre de 2007 en Saint Eloi, decía que la Iglesia tiene necesidad de institutos “especializados” en la liturgia tradicional. ¿Considera también usted que los institutos hoy ligados a Ecclesia Dei pueden tener un rol en la formación de los sacerdotes o en el redescubrimiento de las riquezas de la Tradición?

¡Ciertamente! Estos institutos ejercen un carisma, y un carisma es algo que está en la Iglesia al servicio de la Iglesia. Una diócesis puede sacar gran beneficio del hecho de servirse de su ayuda. ¿Qué habría sido el Franciscanismo si el Papa no lo hubiera reconocido y puesto a disposición para el bien de toda la Iglesia?