La Obra en Colombia inició labores en Bogotá un 13 de octubre de 1951, por medio de don Teodoro Ruiz Jusué, sacerdote numerario español, abogado, natural de Barcelona.
Providencialmente un año después, el 20 octubre de 1952, el joven Ignacio Gómez, asistió por primera vez al Centro de la Carrera 4a, primera casa de la Obra en Colombia.
Ignacio, era por entonces un joven de 17 años, estudiante de ingeniería civil en la Universidad Nacional de Bogotá; y se encontraba cursando segundo año de la carrera.
El propio P. Nacho relató en una ocasión su encuentro con la Obra:
Un día de septiembre de 1952, un compañero de curso, Alberto Franco, me dijo:
«Te invito a la casa de unos españoles, a una reunión muy interesante».
–¡Unos españoles! Y... ¿una reunión de qué, para qué?, le pregunté con extrañeza y con poco interés por aceptar su invitación.
–Es un Centro del Opus Dei, que queda en la carrera 4a entre calles 12 y 13, casa que yo mismo ayudé a instalar, me dijo.
Es un lugar donde uno habla y los demás oyen.
–¿Y uno tiene que intervenir?, le pregunté.
–No–, me contestó, sin más.
–Y... ¿hay que pagar alguna cuota?, le pregunté, en mi condición de estudiante paupérrimo.
–No– fue, de nuevo, su respuesta.
Me tranquilicé y terminé aceptando la invitación.
El lunes 20 de octubre, después de la última clase del día -castellano-, que era de 5 a 6 p.m., acudí con Alberto a la primera casa de la Obra en Bogotá. Sin más preámbulos, entré a una reunión de formación humana y sobrenatural, en la sala de estudio. Quedé muy bien impresionado con el ambiente y con el contenido de la reunión.
Los asistentes –unos ocho– éramos todos universitarios de distintas facultades y de diversas universidades. Me parecieron –los otros– serios y de trato agradable.
Después del Círculo hubo una tertulia en la sala –un hall enorme, adaptado para esa función, con escasos muebles– a donde llegaron Ángel Jolín, director de la casa, y Don Teodoro.
Después de la presentación de “el nuevo” –que era yo–, hubo historias, relatos y hasta canciones con acompañamiento de un tiple bien tocado por mi amigo Alberto. Al rato, se nos unió el padre Aurelio Mota.
Me conquistó la atmósfera de aquella casa, y regresé varias veces a estudiar y a los Círculos. Esto último, con gran puntualidad. Me impresionó que se nos recordara cada vez que “estudiar es una obligación grave”.
Yo vivía en casa de unos tíos en la calle 71 entre carreras 11 y 12. La primera idea de mi papá era que yo me fuera a estudiar a Medellín, en la Escuela de Minas. Pero mi tía de Bogotá –hermana suya– prevaleció sobre él, unida a mi mamá, aduciendo mi juventud, porque empezaba la carrera a los 16 años.
La casa de mis tíos me quedaba a una distancia de la casa de la Obra que por aquellos años parecía enorme. Pero la comunicación resultaba rápida y conveniente, pues había paradas del bus municipal “Avenida Chile - Las Cruces”, a una cuadra del Centro de la Obra y a una cuadra de mi casa.
Un domingo, José Luis Gómez Pacheco, director del Círculo al que asistía el P. Nacho, lo invitó a dar un paseo por la tarde, por la Avenida Jiménez, hacia el oriente. Fue una caminata breve.
Hablaron de cosas diversas. Y, entre unas y otras, José Luis le preguntó por sus estudios y por su vida interior. Sobre lo último, Ignacio le respondió:
–Asisto a misa diariamente, comulgo, me confieso cada semana, hago la visita al Santísimo, y todos los días rezo el rosario.
Es muy importante que tengas dirección espiritual –le sugirió José Luis–. Te animo a que la tomes con alguno de los sacerdotes del Centro.
A Ignacio le pareció bien y escogió a don Teodoro; habló con él y quedaron en verse los viernes, después de clase, a las 7 de la noche.
Su Pitaje
Tantas contrariedades, escaseces, mortificaciones, enfermedades y oraciones ofrecidas por don Teodoro, don Aurelio, Ángel y los primeros estaban por dar los primeros frutos apostólicos.
El Padre Nacho había comenzado a tener dirección espiritual con don Teodoro. Al respecto, contaba:
En uno de esos encuentros de tertulia conmigo, en la sala, de pie, don Teodoro me habló de las migraciones apostólicas, tal como el Fundador de la Obra las contemplaba. Me entusiasmó, yo tenía espíritu aventurero, y las posibilidades de esas migraciones me atrajeron enormemente.
Unos días después ocurrió nuestro tercer encuentro, fue el 21 de noviembre de 1952, viernes, fiesta de la Presentación de Nuestra Señora.
Al terminar la charla fraterna, que siempre era brevísima –no más de 15 minutos–, don Teodoro me dijo:
–Te quiero recordar la historia de Hernán Cortés y la conquista de México. Me narró el episodio de la quema de las naves, y me preguntó:
–Chavalín, ¿tú cuándo piensas quemar las naves?
Entendí enseguida de qué se trataba. Estaba oscuro, no habíamos encendido ninguna lámpara de la casa; hablábamos en la sala, que en ese momento parecía de dimensiones enormes, irreales…
– Si Dios lo quiere, ya, le contesté.
Fui con don Teodoro a su despacho, y escribí la carta al Fundador de la Obra pidiéndole mi admisión como Numerario.
Lo hice con mi plumero, en tinta verde. Eran aproximadamente las ocho de la noche.
Él mismo aclaró que la decisión no fue súbita: la lectura de libros como Fabiola, Ben-Hur y La túnica sagrada había dispuesto su corazón, según decía: "al deseo del martirio, aunque suene exorbitado".